En el fondo es populismo. Y, en la forma, está definido por Ernesto Laclau, quien acuñó el concepto de «significante vacío» o «flotante». Si hace ocho o nueve años «la casta», ideado por Podemos, por ejemplo, sirvió para movilizar y contraponer a los privilegiados –oligarquía– frente al pueblo, los de abajo –o clases populares o trabajadoras–, ahora es el ‘sanchismo’ ese significante que cada cual rellena en sus cabezas: para unos será el presidente del Gobierno; para otros, el Gobierno de coalición, la mayoría de investidura, los pactos con Bildu y ERC o las políticas feministas.

Ya el 28 de mayo se jugó en clave plebiscitaria sobre el ‘sanchismo’: ganaron las derechas –PP y Vox–, y está por ver si las izquierdas son capaces de darle la vuelta antes del 23 de julio.

Lo que intenta el Partido Popular es imponer un marco reduccionista, simplificador, binario, que evite de alguna forma o que disuelva la discusión o la deliberación sobre políticas públicas concretas o sobre un proyecto de país. ¿Y cuál es la peculiaridad del marco? Que siempre es nacionalista, algo a lo que ha recurrido a menudo la ultraderecha, incluso con las políticas climáticas, como cuando Vox ha ido a Bruselas a decir que defendía los intereses de los ganaderos de Castilla y León frente a las élites comunitarias; lo que está haciendo es erigirse como el defensor patriota de los ganaderos de España.

Así es también como opera el PP con la Constitución, que la lleva a ese marco nacionalista: al final, se identifica la Constitución con ser español y aquellos que no, los independentistas, no entrarían dentro del marco constitucional, a pesar de que la Constitución no es militante. Es decir, se puede defender cualquier idea, aunque la Constitución no incluya esa idea; se puede ser republicano, aunque la Constitución diga que la autoridad principal del Estado es el rey.

De esta manera, el marco del ‘sanchismo’ se impone para simplificar un debate que recoge de alguna forma un descontento en torno a la figura del presidente del Gobierno, que está desgastada: Yolanda Díaz es la más valorada, con un 4,89; por delante de Sánchez, 4,59; Alberto Núñez Feijóo, 4,37; y Santiago Abascal, un 3, según el CIS del 16 de junio. El marco también incluye discursos de odio hacia el presidente y de deslegitimación de su Gobierno, se simplifica la realidad hasta el punto de un binomio en el que hay que elegir, y los marcos nacionalistas suelen ser perdedores para la izquierda, que no se erige como guardiana de estos marcos patrióticos y nacionalistas.

«El PSOE está teniendo suerte en que el debate entre PP y Vox acaba desplazando la idea de los socios de Pedro Sánchez a la de los socios del PP, y eso favorecerá al PSOE», reflexiona el politólogo Lluís Orriols: «La batalla se ha creado dentro del PP entre Extremadura y Madrid, y esto es un regalo para el PSOE. De golpe, de algo que parecía un trámite, te encuentras a la líder del PP de Extremadura generando una facción interna sobre cómo afrontar a Vox completamente distinta al resto del país».

Orriols también destaca que, en paralelo, «tienes a Isabel Díaz Ayuso reivindicando que su PP, el más cercano a Vox, es el mejor PP, y sitúa a la líder extremeña como una rival, alguien que dentro del PP te puede hacer daño en tu proceso de colonización del PP. Y esa pugna es interna post23J: la guerra de Ayuso para hacerse con el PP».

En este sentido, Orriols explica que «la gente ve a los partidos que pactan como más iguales. Por eso, cuando se habla de sanchismo se desplaza al PSOE a esos postulados y viceversa. Cuando se coligan, se ven más parecidos. El PP en realidad no gana por estas cuestiones, sino por la desmovilización de unos y la hipermovilización de otros. Pero, a su vez, cuando se coaligan PP y Vox, se acerca el PP a Vox y viceversa, y ya Vox no parece un partido peligroso, se descafeína. Los acercas y hace que la aversión y el miedo a la coalición se reduzca. El ruido interno en los partidos políticos castiga mucho. Es una buena noticia para el PSOE».

«¿Qué es el ‘sanchismo’?», se pregunta Lluís Orriols: «Es un conjunto de connotaciones vinculadas al Gobierno de coalición, a las posiciones radicales de los socios de Sánchez; que el PSOE no es el PSOE, sino un PSOE que gobierna con Podemos y tiene como socios a golpistas y filoetarras. Es un elemento muy poco de policies, de políticas concretas, pero muy emocional, porque conecta con cuestiones del nacionalismo español, el nosotros y ellos, los españoles y los enemigos de España. Una forma de combatirlo es que ese nosotros-ellos sea muy relacionado con ricos-pobres y cuestiones ideológicas izquierdas-derechas…».

Orriols encuentra otro elemento del ‘sanchismo’, éste sí más relacionado con políticas concretas, «más relacionadas con la batalla cultural, el feminismo, la ley del sí es sí, la ley trans… Estas sí que son policies concretas y requieren, para luchar contra ello, reposicionarse: si tu espacio genera rechazo, tienes que buscar una reposición. El mero hecho de que Irene Montero no esté es un reposicionamiento de ciertas agendas por parte de los partidos». 

Belén Barreiro, directora del estudio de investigación 40db, escribía recientemente en El País sobre los resultados de su sondeo electoral: «Son estas alianzas con los independentistas y las izquierdas las que probablemente doten de contenido al llamado ‘sanchismo’. Según nuestro estudio, en estos momentos, acabar con el ‘sanchismo’ sería la principal razón de voto al PP, por encima de la capacidad de gestión de los equipos, de los intereses que defienda el partido, de sus ideas o de su candidato, Alberto Núñez Feijóo».

Así, Barreiro fijaba dónde residía la batalla electoral para las elecciones generales en estas semanas: «Terminar con el ‘sanchismo’, por tanto, es la principal palanca de voto al partido de la oposición, probable ganador en las próximas elecciones generales: el problema no es ni la gestión económica del Gobierno, ni tampoco sus políticas, que, de hecho, cuentan con gran apoyo popular, como se ha visto en numerosos barómetros. El problema son las alianzas y los pactos. En este contexto, el desarrollo final de las elecciones dependerá no solo de la capacidad de Sumar para atraer finalmente a la izquierda más próxima a Podemos, sino también de que el PSOE sea capaz de desactivar la estrategia ‘antisanchista’ de los conservadores».

Verónica Fumanal, experta en campañas electorales, analiza cómo está siendo la respuesta del PSOE. Y considera que «lo más importante es no entrar en el marco» del adversario: el plebiscito en torno al ‘sanchismo’: «Cuando hay un concepto tan aceptado, con unas connotaciones tremendamente negativas, y es el gran reclamo electoral y palanca de cambio, me sorprende el empeño de resignificar el concepto del sanchismo en un mes y medio y combatir al elefante subiéndose a él. Me parece un error estratégico. Igual tiene fortuna, esto no son matemáticas, pero creo no es buena idea. Es mejor el marco de las propuestas, los derechos, las conquistas de nuevas libertades, la lucha por colectivos LGBTQ, feminismo, ecologismo…».

En efecto, Sánchez está intentando dar la vuelta al marco con una gran exposición mediática en estos días, en los que está yendo de menos a más, hasta el punto de darse un festín este martes en ‘El hormiguero’ a costa de Pablo Motos.

«El ‘sanchismo’ pierde contra el ‘antisanchismo'», afirma Juanma del Olmo, dirigente de Podemos que ha estado en la dirección de campañas electorales con Pablo Iglesias: «Por eso es un error la campaña bipartidista. No compres la campaña de tu rival. Aunque actualmente esté gobernando, la izquierda también puede ser cambio. Una parte de los ciudadanos, los que ahora no piensan seguir votando a la izquierda, no lo van a hacer por cómo ha gobernado la izquierda. La derecha con el ‘antisanchismo’ está haciendo la campaña clásica «por el cambio» con el estilo que lo hace la derecha y determinado por la competencia con Vox».

En este sentido, el politólogo Nacho Corredor sostiene: «Sánchez debería asumir que con su política de alianzas ha asumido un desgaste, pero porque cree que esas alianzas son las mejores para España: por las reformas que se han hecho, por la situación política en Catalunya o por las medidas que se han aprobado. El presidente podría hacer el ejercicio de asumir que entre España o no desgastarse, él ha preferido España. Si él no defiende desacomplejadamente sus decisiones, no lo va hacer nadie por él».

Sin embargo, el modo en el que se están reivindicando esas políticas no parece ser suficiente para movilizar al electorado. «Es como cuando estás en pareja y tienes un hijo, lo quieres muchísimo pero a tu marido o mujer no le aguantas más», argumenta Verónica Fumanal: «Creo que España tiene un punto de querer divorciarse de este Gobierno a pesar de que las políticas y el fruto de ese amor sean apoyadas. El problema también es la ausencia de un marco alternativo de juego: en política puedes cambiar la opinión pública y cambiar conductas, pero eso tiene que ver con un planteamiento estratégico, no en semanas sino en el largo plazo. El PSOE debería plantear una pregunta que no fuera ‘Sánchez sí o Sánchez no’. Pero la que plantea es ‘con Sánchez o Feijóo’, que es lo que le interesa al PP, en lugar de decir que hay que hablar de los españoles».

«De los tres motores electorales para vencer en política, miedo, rechazo y esperanza, la derecha monopoliza la emoción más importante: el miedo», sostiene Iván Redondo: «El miedo a una coalición –que nadie defiende– les moviliza tanto como a la izquierda ‘la foto de Colón’ hace cuatro años. ¡Volveré desde Punta Cana!, gritan. Ante semejante sed de urnas, el 23J la participación será épica. La derecha también gobierna la emoción más significativa: ‘el rechazo’ al ‘sanchismo’ que hay que derogar. Por lo tanto, el PP dispone ya, de saque, de dos de los tres motores electorales más determinantes. A la izquierda sólo le queda la ‘esperanza’, la más poderosa de las emociones pero la más difícil de alcanzar».

¿Afecta el ‘antisanchismo’ a Sumar? «El ‘antisanchismo’ no se puede combatir con el miedo a que gobierne la ultraderecha», tercia Juanma del Olmo: «Porque ese miedo opera sobre todo en sectores mediatizados que además son votantes tradicionales de izquierdas. Esa estrategia es insuficiente, porque el PSOE, para revalidar el Gobierno, necesita apelar más allá de esa frontera, para mantener resultados y que no sean a costa de votos de Sumar».

Según Verónica Fumanal, «el punto débil de Yolanda Díaz no es el ‘sanchismo’, sino el ruido interno de la coalición». Y añade: «Se tiene que zafar de la lucha de los partidos alfa por el voto útil, y puede tener la ayuda de Feijóo: a Feijóo le interesa que el PSOE no active el voto útil y que Díaz quede la tercera porque necesita a un Vox bajo. A Feijóo le va bien que Yolanda Díaz esté en campaña, una Díaz que no está cayendo en el marco del ‘sanchismo’ y está hablando de lo suyo de una forma más efectiva».

Fumanal concluye con una reflexión sobre el estado de gracia de Feijóo: «Cuando estás de subidón no te toca nada, los errores te arañan, pero no te acusan un desgaste tremendo, como ha pasado con lo del «divorcio duro»: el PP está eufórico, va a tener más poder institucional que nunca en la democracia y tiene la maquinaria a tope».

En este sentido, Nacho Corredor afirma: «Los partidos del Gobierno de coalición deberían reivindicar sin complejos el Gobierno de coalición. No lo están haciendo. Se están poniendo en valor medidas concretas, pero no el por qué y para qué de esas medidas: una visión de España compartida, una ambición por unos valores compartidos o un horizonte ligado a una forma de entender el mundo. A la pregunta de si ha valido la pena el Gobierno de coalición, los partidos del Gobierno deberían responder sí de forma desacomplejada. El electorado progresista sólo irá entusiasmado a votar a la coalición progresista si la coalición progresista transmite entusiasmo por lo que han hecho y, sobre todo, por lo que quieren hacer».

Juanma del Olmo, quien ha dirigido campañas electorales en Podemos, reflexiona a su vez: «Sánchez intenta transmitir en esta primera fase de campaña que reconoce errores en su gestión para que le vuelvan a dar una oportunidad los votantes que ha perdido. Pero a la vez la campaña que subyace de su sala de máquinas tiene un punto arrogante, piensan que lo mismo que ha salido derrotado en Andalucía y en municipales y autonómicas esta vez va a funcionar porque ahora Sánchez es el candidato. No ha sacado los aprendizajes de las últimas elecciones».

Uno de los principales creadores del perfil más ‘sanchista’ de Pedro Sánchez, el asesor político Iván Redondo, escribía hace unos días en La Vanguardia: «El plebiscito Sánchez-Feijóo se perdió el 28M. Persistir en él es un grave error. Derrotado nunca es fracasado, lo que fracasa es lo que no funciona; el derrotado, sin embargo, tiene potencialidad de ganar si sabe cómo. Por eso, si quieres que la esperanza tenga una oportunidad frente al miedo y no te hagan un 2-1, tienes que eliminar el ‘rechazo’ de la ecuación. El ‘sanchismo’ tiene que terminar de matarlo Sánchez. Para ello, el presidente debe mostrarse vulnerable, pedir perdón y situar como cabeza de cartel a los españoles. España no es la mejor España frente a la peor. España es una gran idea. Y tierra de tierras es la tuya. Está en el poema Oración de Juana Dolores. ¿Dónde está la izquierda? es siempre la pregunta ganadora. En la belleza de lo sencillo y el dolor de saberse barro. Ahí está. En el sacrificio de los pobres, los enfermos, los ancianos, en el corazón de las mujeres. Ahí está. En España como una gran comunidad. Aquí está la izquierda».

El concepto de ‘sanchismo’, en su esencia, supone una simplificación que lamentaba Soledad Gallego-Díaz en El País: “La simplificación extrema está haciendo desaparecer la explicación, no ya de programas electorales completos, algo que nunca ha ocurrido, sino de las tres o cuatro prioridades con que los candidatos piensan conformar su actuación política. ¿No tienen nada que decir al respecto los políticos, de uno y otro signo, que protagonizaron la Transición y lucharon, en circunstancias bien difíciles, por que se desterrara ese vocabulario y esa manera bárbara de hacer política? Su silencio atruena».

Pero, a pesar de lo apuntado por Gallego-Díaz, el concepto está haciendo fortuna, es la palanca de cambio que apuntaban Belén Barreiro y Verónica Fumanal. «Resignificar el ‘sanchismo’ ya no es posible. No hay tiempo ni dinero», sostiene esta última, quien también expresa dudas sobre otra estrategia socialista: los debates electorales con Alberto Núñez Feijóo: «En 2015 Mariano Rajoy dejó vacío el atril de PRISA y dio sólo un cara a cara. Y no le penalizó lo más mínimo. Hace cuatro años no le penalizó a Sánchez no hacer ningún cara a cara con Pablo Casado. Son dos temas que, desde fuera, no veo movilizadores».



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