Más de 1000 taxistas de Nueva York se declaran en quiebra

Más de 1000 taxistas de Nueva York se declaran en quiebra

Tendemos a olvidar pronto las lecciones de la historia, pero la que dejó sin ahorros un millar de taxistas de Nueva York y amenaza con provocar la quiebra de mil más es una lección de ahora.

Durante el 2018, al menos ocho taxistas de la Big apple se suicidaron aparentemente por causas vinculadas a su agónica situación económica.

El gremio acusó a Uber y Lift ser las principales causas de su miseria.

¿Por qué ellos tenían que pagar por el derecho de conducir un taxi y un conductor al servicio de estas compañías no?

La desventaja parece obvia. La reacción del Ayuntamiento fue limitar temporalmente la concesión de licencias para este servicios.

Sin embargo, una investigación del New York Times apunta a que esta es sólo la punta del iceberg.

En efecto, desde que Uber aterrizó en Nueva York en 2011 los ingresos del taxi han caído más de un 50%.

La explicación es en una trama financiera similar a la que provocó la quiebra de la economía en 2008 con la burbuja inmobiliaria. Sólo que esta vez en lugar de casas la cuestión iba de taxis y, concretamente, de medallones.

En 1937 Nueva York creó los medallones, una enseña de la que disponen los vehículos para garantizar que son taxis oficiales. Cada uno costaba 10 dólares y la ciudad emitió 12.000. El propietario la podía vender, pero la mitad eran nominales.

Alrededor del servicio fue creciendo una industria controlada por familias propietarias de flotas que solían pagar a sus conductores por debajo del salario mínimo.

Conducían unas 60 horas semanales. Al taxista le quedaba la opción de intentar comprar un medallón. En caso de haber uno  disponible, el interesado pagaba por adelantado una generosa cantidad, y en cinco o diez años podía ser suyo.

Era una inversión para garantizar la jubilación. Durante 60 años Nueva York no emitió nuevos medallones y el precio fue subiendo hasta llegar a los 200.000 dólares en 1997.

El negocio del préstamo

Todo cambió con el nuevo siglo. Los herederos de las empresas del taxi, hijos de las escuelas de negocio, olieron el potencial de los medallones e inflaron su valor para ofrecer préstamos a los conductores.

Alrededor del taxi había pequeñas empresas de crédito que vivían de dar crédito para comprar medallones. Si antiguamente se escrutan el historial crediticio del cliente, ahora se otorgaban sin control.

Cuando el precio del medallón subía, los prestamistas animaban a refinanciar la deuda. A la fiesta se sumaron los grandes bancos, que se aliaron con muchos de los propietarios de flotas de taxi, que también eran prestamistas. Al fin y al cabo, no estaban tan vigilados como los bancos tras el estallido de la crisis.

Los prestamistas pujaban a las subastas para inflar el precio de los medallones.

A finales de 2011 su precio superó el millón de dólares, más del doble de lo que los expertos estiman como valor real. Se instaló el mensaje que era una inversión segura y que el precio subiría siempre. Se empujó para que los taxistas aspiraran a tener uno.

La burbuja estalló en 2014. Los propietarios conseguían ganar unos 5.000 dólares al mes, de los cuales 4.500 los destinaban a pagar el préstamo. Después de 2014, el precio del medallón cayó hasta un 90%. Y lo peor no fue eso, sino que los taxistas habían firmado préstamos que no entendían: la mayoría son de Bangladesh, la India o Pakistán y no dominaban el idioma.

Los préstamos estaban llenos de cláusulas abusivas. Sin saberlo, firmaban una confesión judicial que daba al banco vía libre para recuperar su dinero. En muchos casos, los intereses llegaban al 24% si el préstamo no se pagaba en tres años. Uno de los casos del New York Times muestra que se concedió un préstamo a un taxista por un medallón de un millón de dólares que le obligaba a devolver 1,7 millones. Sus ingresos anuales eran de 30.000 dólares.

Cuando el precio del medallón subía, podía refinanciar su deuda, pero eso se acabó.

970 taxistas se han declarado en números rojos y han perdido su valorada licencia. Hay miles que deben cientos de miles de dólares después de sufrir una estafa posiblemente legal de la que el Ayuntamiento se lava las manos.

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