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Feijóo, ante su primer gran fracaso


La primera vez que Alberto Núñez Feijóo ganó unas elecciones fue a finales de los 80. En aquella ocasión, el hoy líder del PP y de la oposición concurría como sindicalista bajo las siglas de Afica para obtener su primer cargo: delegado de personal de los servicios centrales de la Xunta, en donde trabajaba como funcionario. Tras llegar al puesto consiguió convertir a los trabajadores con contratos temporales, su caso, en empleados fijos. Conseguido su objetivo, el sindicato de Feijóo desapareció del mapa mientras él no dejó de medrar en la administración autonómica.

Desde entonces hasta la fecha su biografía oficial apuntala una vida marcada por las victorias electorales hasta el gran tropiezo de las generales del pasado julio. Como todas las historias, la de Feijóo como hombre imbatible tiene zonas de sombra, y no todo en su pasado son victorias. Por ejemplo, perdió un congreso interno frente al ‘baltarismo’ en Ourense, y el clan de los Baltar se mantuvo en el poder hasta que un radar de tráfico consiguió lo que Feijóo no pudo. Y bajo su mando, ciudades como Santiago, A Coruña o Ferrol cayeron en manos de la izquierda, y diputaciones como la de A Coruña o Lugo se alejaron de la órbita de la derecha.

Pese a todo, como ahora, Feijóo nunca reconoció una derrota. Su relato es el del éxito, hasta cuando pierde.

Incluso su llegada al poder del PP gallego en 2006, aupado por Manuel Fraga, fue una victoria discutible. Con el apoyo de todo el aparato del partido en Galicia y en Madrid consiguió hacerse con el mando del partido por aclamación, después de que las presiones acabasen por despejar a cuentagotas a los candidatos que osaron planear plantarle cara en los momentos iniciales de aquel proceso. Como en 2022, en 2006 el suyo no fue un nombramiento a dedo pero casi.

Lo que resulta indiscutible es la capacidad de ganar que Feijóo demostró cada vez que se enfrentó a una campaña electoral de ámbito autonómico. Su palmarés recoge cuatro mayorías absolutas consecutivas, lo que le sitúa en el selecto club del que forman parte nombres como Jordi Pujol, José Bono, Juan Carlos Rodríguez Ibarra o el propio Fraga.

Con esos registros llegó a Madrid. Aclamado por sus pares. Barón de barones. Envuelto en un halo de supuesta moderación y garantía de victoria en las urnas para rescatar a un PP enfangado en las disputas internas entre Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso.

La moderación le duró poco, y tuvo que tirar de banquillo para reclutar a quienes pusieran su rostro y su hemeroteca al servicio de vender la centralidad de un proyecto que hoy depende de Vox para gobernar en decenas de comunidades y ayuntamientos.

Los éxitos electorales le duraron algo más. Pero los de los demás. Juan Manuel Moreno e Isabel Díaz Ayuso se han erigido en portadores de los estandartes victoriosos. El PP ha logrado recuperar el poder territorial que tenía antes de las debacles consecutivas de 2015 y 2019, gracias a la extrema derecha y a esos “pactos de perdedores” que tanto ha criticado el propio Feijóo. El 28M era así la lanzadera perfecta para Feijóo. Un día después, Pedro Sánchez convocó elecciones generales y la derecha comenzó a repartirse el botín que ya tocaban con la punta de los dedos.

Pero no ocurrió. O no como debió ocurrir. El PP ganó el 23 de julio. Justito e insuficiente. La democracia parlamentaria obliga a armar una mayoría suficiente para ser investido, aunque sea por la mínima y en segunda vuelta. Y Feijóo no lo logró. El líder del PP, convencido de que su biografía podría sobreponerse a la aritmética, exigió ser designado por el jefe del Estado para una votación que siempre confió en sacar adelante. A diferencia de lo que hizo Mariano Rajoy, uno de sus declarados referentes políticos, quien en 2016 prefirió dejar pasar el primer tren y que otros se pegaran por los asientos, para viajar mucho más cómodo en el siguiente.

El líder del PP lo intentó todo tras recibir el encargo del rey. Convencer al PNV, partido con el que se ha agriado la relación hasta el punto de que se ha filtrado que Feijóo le dijo a Andoni Ortuzar: “Vamos a por vosotros”. La realidad es que la derecha española ha puesto la proa hacia la derecha vasca (y catalana) con los ojos puestos en las inminentes elecciones autonómicas.

Los ‘jeltzales’ le dijeron una y otra vez que ‘no’. También Junts, con quien llegó a tener un acercamiento a la vez que Esteban González Pons decía que el partido de Carles Puigdemont es “un partido cuya tradición y legalidad no está en duda”. Las llamadas a la puerta del PSOE de Emiliano García Page tampoco resultaron. Feijóo perdió la votación. Mes y medio después, Pedro Sánchez sí ganó la suya.

Sea como fuere, su derrota ante Sánchez, su investidura fallida y la deriva radical a la que le ha empujado Vox le han precipitado al abismo de la negación, para chanza del presidente del Gobierno, a cuenta de esa afirmación en la que se definió a sí mismo como el único español que ha decidido no ser presidente del Gobierno pudiendo serlo.

Feijóo tiene ahora otros importantes exámenes por delante. Y a no mucho tardar. Por un lado, las ya referidas elecciones vascas y catalanas. Las primeras tendrán que celebrarse en la primera mitad de 2024, como tarde junto a las europeas previstas para junio. Para las segundas hay más margen, hasta febrero de 2025, pero será la voluntad (y necesidad) de Pere Aragonés las que determinen la fecha definitiva.

Pero hay otros comicios aún más importantes para Feijóo; y también inminentes: las elecciones autonómicas gallegas, cuya celebración (aún no confirmada) algunos señalan para principios de año. Esa cita es un examen para su sustituto, Alfonso Rueda, pero también para el propio líder del PP.

De producirse un vuelco en el poder de Galicia la aventura madrileña de Feijóo tendrá un doble resultado negativo: perder el poder de la Xunta sin haber conseguido la Moncloa. Es por eso que el PSOE de Pedro Sánchez ha decidido echar el resto en esos comicios autonómicos y Ferraz ha preparado todo el apoyo posible para el candidato, Xosé Ramón Gómez Besteiro. Según fuentes de la dirección del PSOE a elDiario.es, si el PP pierde las gallegas Feijóo tendría “los días contados” al frente de la oposición.



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